EL TORO

 

 

Piensa y luego actúa, nos suelen decir siempre. Pero da igual que pienses o que no, el destino es caprichoso y le gusta desbaratarlo todo, por muy atado y seguro que pareciera lo que habías pensado.

Ch. M.

 

 

Lo que más le gustaba en el mundo era rumiar, rumiaba por la mañana y por la tarde, rumiaba incluso durmiendo, aunque no físicamente claro, sino soñando que rumiaba. Saboreaba cada brizna de hierba varias veces al día y siempre encontraba sabores nuevos con los que deleitarse.

Sin embargo, aquella tarde no estaba rumiando tranquilo. Había dos cosas que le molestaban, la primera las estúpidas moscas que hoy estaban especialmente molestas y la segunda era el ruido que producían tantos humanos juntos al desplazarse por el camino. Miró a la columna fijamente mientras pasaban, más les valía no acercarse a sus dominios o sufrirían las consecuencias de su ira, él era el rey de ese prado y no iba a consentir que nadie se lo arrebatase. Con el rabillo del ojo vigiló a su harén de vacas, todas estaban tranquilas pastando, la columna ya se alejaba y por fin pudo relajarse. Resopló fuertemente para sacar de la nariz a la mosca naricera, husmeó el viento en busca de olores de vacas en celo y como no encontró rastro, se concentró de nuevo en su afición favorita. Se acercaba el ocaso y todavía quedaban muchos sabores de hierba por descubrir.

La oscuridad amenazaba con cernirse sobre el ejército del Rey Alfonso II de Aragón. La tarde agonizaba y aunque el Sol se esforzaba en mantener vivo el día, todos sabían que la noche no tardaría en vencerle y que el crepúsculo se haría dueño y señor de las tierras. El Rey, consciente de ello, decidió montar el campamento y permitir que su ejército dejara descansar sus huesos de la agotadora jornada.

Alfonso II paseaba por el campamento mientras esperaba que le montasen su tienda, observaba cómo algunos soldados descansaban sentados en corrillos, mientras que los de intendencia montaban las tiendas de la tropa y los cocineros preparaban la cena. Pensó que estaban demasiado lejos de enclaves importantes y que sería bueno que hubiese una ciudad en las cercanías que sirviera de defensa del territorio y para darle cobijo cuando fuera necesario. El campamento lo habían colocado en las orillas del rio Turia, justo debajo del monte en el que se hallaba Tirwal, enclave que había sido arrebatado a los musulmanes poco tiempo atrás. Sus consejeros no se ponían de acuerdo en donde se debía colocar la nueva ciudad, unos decían que en el propio Tirwal, otros se decantaban por el llano, el señor de Albarracín presionaba para que la ciudad más importante de la zona fuese su villa. Entre todas las opciones, el Rey debía elegir la que considerase más adecuada.

 Mientras paseaba y meditaba, el Rey pasó al lado de donde se había aposentado la partida de Almogávares que le acompañaba en esta ocasión, a su paso, los guerreros se pusieron de pie y le formaron una fila. Conforme avanzaba, vio el aspecto desaliñado de aquellos guerreros, el Rey no le daba mucha importancia a esto, pues sabía que las barbas, las pieles, las caras pintadas, su aspecto fiero y los gritos que proferían al entrar en la batalla, eran sólo una estratagema para amedrentar al enemigo, y ciertamente cumplía su cometido, pues su forma de vestir acompañado de su fama de falta de piedad y de su fiereza, hacía que muchos enemigos huyeran o se rindieran sin presentar batalla. Cuando el Rey pasó al lado del Adalid de aquellos Almogávares, le dedicó una sonrisa y un leve movimiento de cabeza a modo de saludo, el Adalid le respondió de igual forma y el Rey prosiguió su camino.

Cuando se hubo alejado, los guerreros se relajaron y volvieron a las tareas de preparación del campamento. El Adalid observó alejarse la figura de su Rey, tan sólo era un muchacho, como mucho tendría trece o catorce años, pero, aunque joven, sabía manejar las riendas del reino con firmeza y determinación. Era un Rey muy querido y respetado por el pueblo. El propio Adalid almogávar, también era muy querido por sus hombres y aunque no fuera el más fuerte, ni el más hábil, ni el más fiero, seguramente sí que era el más sensato y sabio de todos ellos, y sabía tomar las decisiones oportunas en los momentos adecuados, su despoblada y amplia frente le otorgaba respeto e imagen de sabiduría y más de una vez había salvado el culo a muchos compañeros cuando éstos habían realizado estupideces sin sentido o cuando algunos de ellos se habían metido en situaciones de las cuales luego no sabían cómo salir y a cada paso que daban, metían más y más la pata. Sea como fuere, sabía que aquellos guerreros actuaban la mayoría de las veces por impulsos y más con el corazón que con la cabeza y aunque eran rudos y como niños grandes, también eran nobles y fieles.

La cena transcurrió con normalidad y al término de ésta, los almogávares se sentaron alrededor de hogueras y contaban historietas de batallas acaecidas o comentaban chascarrillos o noticias que circulaban por el campamento. Uno al que sus compañeros le llamaban “Antón” se acercó a “Luisico” y a “Misael” y estirándoles de la manga les conminó a que se acercaran a un lugar un poco más alejado del resto de compañeros. Una vez a salvo de oídos ajenos, Antón les contó que una legua antes del lugar en el que se encontraban ahora, había visto una manada de reses bravas que pastaban tranquilas en la otra ladera del monte de Tirwal, Luisico le contestó:

  • Si, por esta zona es normal ¿y?
  • Que, entre las vacas, he visto un Toro bravo.
  • ¿Y qué le pasa al toro bravo?, si no te acercas y no le molestas, no te hará nada.
  • Es que necesito a ese toro.
  • ¡No me digas que te ha entrado el mismo gusto que a las vacas!
  • No es eso, ¿recuerdas la batalla de Caspe?
  • Sí, ahí te hirieron en la pierna ¿no? – Contestó Misael.
  • Sí, dije que había sido en la pierna, pero fue un poco más arriba.
  • ¿En la tripa?
  • No, un poco más abajo.
  • ¡No me digas que fue en…!
  • ¡Sí, ahí!
  • ¿Y te has curado?
  • No del todo, ahora no me funciona.

Hasta ese momento, la conversación había sido un poco aburrida para Misael, pero de pronto empezó a hacerse interesante, intentó mantenerse serio, pero por dentro le resultaba muy divertido.

  • Pero… ¿estás seguro?, ¿has probado en el prostíbulo?
  • ¡Sí!, no hay manera, menos mal que las chicas son un encanto y no han dicho nada, si no, menuda vergüenza.
  • ¿Se lo has contado a la curandera?
  • Sí, me ha dado toda clase de pociones, ungüentos y apósitos que a otros hombres ella dice que les han funcionado, pero conmigo no hay manera. Pero me ha dicho que todavía tiene una solución para mí, hay una poción que dice que es infalible, pero no me la ha podido preparar porque no tenía el ingrediente principal.
  • ¿Y cuál es ese ingrediente?
  • Semen de Toro bravo.
  • ¿Qué?

Una imagen se proyectó en la cabeza de Misael, se vio a sí mismo sujetando al toro por los cuernos mientras Antón y Luisico hurgaban y maniobraban en los bajos del toro. O lo que era peor, Antón y Luisico sujetaban al toro mientras que él…

  • Ah, no. Ni lo sueñes. Si piensas que voy a meterme en esto, vas listo.
  • He pensado una manera de sujetar al toro sin acercarnos mucho a él y sin que nos pueda cornear. Pero necesitamos que nos ayude más gente.
  • ¡Ja! ¿Y quién crees que puede ser tan valiente, ser tan pardillo o estar tan loco como para venir con nosotros?

 

Siete Almogávares más acompañaban a Misael, Luisico y Antón en esa algarada bajo la luz de la luna. Intentaban hacer el menor ruido posible mientras avanzaban hacia donde había sido vista la manada. Unos se habían dejado comprar con la promesa de que el siguiente botín obtenido por Antón, iba a ir íntegro a sus bolsas, otros por ofrecerse Antón a hacerles las tres siguientes guardias que les tocasen a ellos. Luisico y Misael iban gratis, empezaban a pensar que los pardillos eran ellos.

 

La idea era la siguiente: con varias cuerdas debían atar al toro por la cabeza y sujetarlo estirando desde diferentes ángulos. Una vez inmovilizado el toro, Antón se acercaría a por “la mercancía”. Un toro ensogado, la idea era una locura y jamás se había visto algo así.

 

Andaban a hurtadillas y en silencio para no ser detectados ni por la manada ni por los otros soldados del ejército. Al que montaba guardia en su zona de campamento, también lo había comprado Antón a cambio de hacerle una guardia la próxima vez que le tocara y también a cambio de dos postres extra, el otro soldado era muy laminero.

Por fin llegaron hasta las cercanías de la manada, las vacas y el toro estaban dormidos, se acercaron muy sigilosamente y en contra del viento para no ser detectados por el olor. EL toro se encontraba en el centro de la manada. Muy despacio y con mucho cuidado para no pisar el rabo de alguna vaca, llegaron hasta donde estaba el toro, llevaban los lazos preparados, así que al unísono los introdujeron por los cuernos y por la cabeza del animal. Habían programado que a la voz de “TORO” tirarían varios a la vez de cada una de las cuerdas y gritarían muy fuerte para espantar a las vacas. Antón se disponía a dar la voz del inicio de la acción, cuando de repente… el viento cambió de dirección.

El toro se despertó con una idea en su cabeza: “HOMBRES”. Dio un bufido, un mugido y un empentón y levantándose, embistió en la dirección donde venía el olor, aunque no veía nada, sabía perfectamente hacia dónde tenía que embestir. Los Almogávares se sobresaltaron al despertarse el toro, como no tenían tensas las cuerdas, al dar el toro el empentón, se les escapó de las manos y no lo pudieron sujetar. Las vacas también se despertaron y empezaron a correr como locas de aquí para allá, chocaban, se caían, volvían a levantarse y volvían a chocar. Los Almogávares estaban en medio de aquel guirigay, no sabían dónde refugiarse ni a dónde ir. El toro se dirigía directo a Antón, como sabiendo que él era el causante de aquello y Antón vio a la muerte a lomos del toro cabalgando hacia él, sin embargo, el destino parece que tenía otros planes, porque un instante antes de que le embistiera, una de las vacas en su loca carrera, chocó lateralmente con el toro y lo desvió de su camino, ambos se pegaron un encontronazo terrible y cayeron rodando por el suelo. El toro se levantó hecho una furia y empezó a perseguir a la vaca para castigarla por aquello, pasaron corriendo al lado de Antón, del cual ya se había olvidado el toro, pero la cuerda que todavía llevaba el toro al cuello se enredó en el pie de Antón y empezó a arrastrarlo por el suelo. La vaca empezó a subir por la pendiente de la ladera del monte, el toro la perseguía y Antón les perseguía a ambos, atado al toro. Menos mal que no había piedras, si no, se hubiera desnucado, pero, aunque no había piedras, había mierdas. Todas las “setas” que había ido plantando la manada a lo largo de la tarde, se las iba encontrando Antón, cuando llegaron a la cima del monte, estaba tan embadurnado que cuando el toro se paró ya cansado y dejó escapar a la vaca de nuevo ladera abajo, vio el bulto que había detrás de él y se acercó para olisquearlo, al oler la mierda, la reconoció como parte de su manada, se dio media vuelta y con las patas traseras, echó tierra sobre Antón.

Al otro lado del monte por el que habían subido, se oía un gran alboroto y el toro se asomó para observar el horizonte. Estaba empezando a clarear el día, y ya se distinguían las imágenes con más facilidad, aunque la vista del toro no era muy buena, podía distinguir vivos colores rojos y amarillos de las banderas y gran cantidad de gente que se movía y que gritaba allá abajo. Se los quedó mirando fijamente un buen rato y luego mugió fuertemente, parecía divertirle.

Luisico, Misael y los otros Almogávares habían conseguido llegar ilesos hasta el campamento, como llegaron sin ninguna cautela, los centinelas los divisaron, pero con la oscuridad, sólo veían bultos que venían corriendo y pensando que alguien los atacaba, dieron la voz de alarma. Pronto todo el campamento estaba en pie. El Rey salió de su tienda preguntando qué pasaba. Los Almogávares se identificaron cuando llegaron y la alarma cesó, pero el revuelo ya estaba hecho y no había quien lo parara.

En ese momento de confusión, se oyó un potente mugido que provenía de lo alto del monte y todo el mundo se quedó quieto mirando hacia donde estaba el toro. El sol decidió levantarse y desperezándose, empezó a brillar por detrás del toro que, visto desde abajo, más que toro, parecía un torico. Un “OOOHHH” se oyó entre la muchedumbre, el sol recortaba la silueta del toro y sacaba destellos dorados que le daban un aspecto asombroso. Justo encima de su cabeza, una estrella, la más brillante del alba, parecía juguetear entre sus cuernos. Todo el campamento miraba como embobado, incluso el Rey quedó maravillado y tomándolo como una señal divina, decidió que aquél iba a ser el emplazamiento de la nueva ciudad y que en honor a aquel toro bravo y a la estrella llamada Actuel que se posó sobre su cabeza, la ciudad se llamaría Teruel.

Los Almogávares que habían participado en la escapada del campamento, recibieron una buena reprimenda y por supuesto sus buenos castigos en forma de guardias y limpiezas extras, incluido Antón, aunque a este no parecieron importarle los castigos, ya que según parece, la mierda de toro también tenía propiedades curativas para su dolencia, y desde aquel día, ya no tuvo más problemas para que se le “levantara la moral”.

 

Fin.

 

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